Antes, tenía días en los que sentía que tenía el control de la historia, como si cada palabra saliera de mi voluntad, con paso firme y rumbo claro.
Y, de repente, todo cambió.
Ha venido una etapa en los que las frases me dictan lo que tengo que sentir, en los que un personaje toma decisiones antes de que yo las imagine. En los que yo solo anoto lo que ya está ocurriendo. Como si alguien —o algo— me estuviera escribiendo a mí.
Porque esta historia no me está saliendo al paso. Me está atravesando. Y cuando eso pasa, no hay estructura, ni planificación, ni hoja de ruta que importe. Solo estoy yo… siendo escrita por algo que entiende más de mí, que yo misma.
Y lo curioso es que no me resisto. Me dejo llevar. Porque en el fondo… qué es escribir, si no escucharse desde dentro mientras una finge que es ficción...
Ya no soy la autora.
Ya soy la página.
Así es como Eugene Logan nació: no cuando quise crearlo, sino cuando empezó a escribirme a mí. Cuando ese relato salió, Eugene llegó tocándome el hombro y diciendo: ahora me toca a mí.
