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En cada una de las entradas de aniversarios va el enlace público para que podáis ver el episodio, o la película, correspondiente a dicha entrada. Si alguno no funciona, por favor, decírmelo e intentaré localizarlo nuevamente para que podáis verlo. Recuerdo, esos enlaces están públicos en internet. Si alguna plataforma os da problemas, probar con activar la VPN SEGURA, eso ayuda a que se puedan ver los episodios o las películas.

Lo que no termina, respira

 


Eugene está ahí. No dice mucho. Solo se sirve café y lo deja enfriar sobre la mesa, como hace siempre que algo se acaba… aunque en realidad, nada termina del todo.

—Se acabó julio —murmura, sin levantar la voz—. Pero tú y yo seguimos.

Asiento. No hace falta más. En unas horas, faltará un mes para que la primera novela vea la luz. Y eso ya se siente como un suspiro que viene desde lejos.

Este día no pesará. No es un adiós. Es más bien un "nos vemos en breve con otro número en la página". Todo sigue: el blog, las palabras, los silencios, los personajes que respiran a su ritmo… y el hilo que, sin decirlo, nos sostiene. 

—Estoy un poco nerviosa... —susurro.

—¿Por qué no lees un poco? Aún es pronto para ponernos a trabajar —responde.

Yo también me sirvo un café y me siento junto a él. Lo bebemos en silencio. Dejamos que el tiempo pase, despacio. 

Hoy, además, se cumplen dos meses de esa tarde tan especial en la que di vida a Eugene Logan, en la que el relato que podéis leer AQUÍ nació. Tantas cosas han pasado que... no digo nada. Le observo con cariño y reposo mi cabeza en su hombro. 

A veces, antes de entregarle el alma al mundo, hay que dejarla reposar un poco.


“Sembrar no es solo escribir: es sostener lo que aún no florece”

 


Cuando se trabaja en una novela con tantos personajes, todos tan dispares, no es extraño preguntarse si lo que se está haciendo está bien o si algún personaje termina pareciéndose demasiado a otro. Es lógico: si sus valores son similares, el parecido es inevitable, en uno u otro sentido.

Sin embargo, al corregir y releer, se perciben que las diferencias más sutiles son, en realidad, las más profundas. 

Por ejemplo, Guadalupe pasa de la confianza a la duda; es un torbellino y eso es comprensible (no haré spoilers, pero ya sabrán por qué). En cambio, Judy, más joven, capta las cosas con rapidez. Son personajes distintos.

Sostener la trama cuando todos estos mundos internos conviven es difícil. Sentir todo a la vez es abrumador, pero lo verdaderamente complicado no es entrar en el alma de los personajes, sino salir de ella. Sostengo a todos y no puedo escapar, porque no es solo una parte: hay más.

Este universo apenas ha abierto la puerta, y hay que adentrarse en él. Yo ya estoy dentro. Os invito a entrar: vosotros solo tenéis que leer.


Lo que viene después


 —Vaya con julio… está siendo intenso, caluroso. Y aun así, tienes la mirada puesta en septiembre. Pero… ¿has pensado en qué pasará luego? —dice Eugene, sentado a la mesa, los antebrazos sobre el mantel. Está sereno, está decidido. Yo presiento lo que viene: no impone, ofrece.

—No quiero pensar. Solo sé que después de esta novela, llegará la segunda. No sé si habrá más. Eso… lo dices tú —respondo, tomando un sorbo de café ya frío.

—Lo siento. No lo sé con certeza. Es posible que sí. Me temo que sí. Pero solo si tú estás preparada. Y quieres seguir —suspira. No presiona. Invita.

Le agradezco ese tono.

Sonrío, apenas. El cansancio me aprieta como una losa de mármol sobre los hombros. Lo observo. Si tiene más que contar, estoy dispuesta. A seguir. A escuchar. Sin reservas.

—Eugene… qué es eso que quieres decirme y no dices. Si he hecho algo mal… si algo no te convence… habla. De verdad. Confía.

—No es eso —niega con la cabeza, lento—. Solo que me gustaría que tuvieras tiempo. Tiempo para ti. Para algo que no fuera la casa o el trabajo. Un hobby. Un rato para ti sola, lejos de todos. Más allá de Bonanza o Trapper. Algo distinto. Algo tuyo.

—Eso necesita tiempo, Eugene. Y sabes que no lo tengo.

—Pero me tienes a mí —dice—. Déjame ayudarte. Quizás alguna de mis aficiones te sirva. Solo una vez por semana. El domingo. Por favor.

Me mira con súplica. Con tristeza, incluso. Y yo… yo no puedo verle así. No respondo. Solo asiento.

—Cuando quieras —le digo, al fin.

Él sonríe. Yo también. Quizás de esto salga algo. O quizás no. Pero por intentarlo… no se pierde nada.

Vosotros, qué aficiones tenéis? Me las contáis?


Volver a ver Bonanza: lo que revive, lo que permanece


 A estas alturas, no sorprende que hable de Bonanza, ¿verdad? Entonces seguiré por donde lo dejé.

En marzo de este año (2025) me reencontré con la serie. He disfrutado de sus tres primeras temporadas como no recordaba haberlo hecho. Desde el testarudo Ben hasta el jovial Joe, pasando por Roy, el doctor Martin o Hop Sing… todos volvieron a mí como si nunca se hubieran ido.

Pero entonces llegó el capítulo. El número 94. The Crucible.

Para muchas personas, ese episodio es algo más que una entrega más de la serie. Es un golpe suave y certero. Un espejo. Una herida que no sangra, pero duele. Yo tardé en verlo. Lo fui posponiendo. Adelanté otros capítulos. Sabía que necesitaba valor. Y lo encontré el día de mi cumpleaños, el 20. Quizás porque era mi día. Quizás porque estaba más sensible de lo habitual (desde que empecé con la serie Eugene Logan, la sensibilidad se me ha afinado como una cuerda tensa).

Y ese capítulo me removió. No en lo profesional —eso va bien, sigo escribiendo, promocionando, creando, incluso con fiebre o cansancio—, sino en lo personal. Me hizo preguntarme por mis relaciones, por cómo llevo la casa, por cómo organizo mi tiempo. A veces basta una palabra, una mirada… o un capítulo de una serie para que todo eso se tambalee.

Tenía que volver a casa. No físicamente —ya estoy en casa—, sino emocionalmente. Volver a mí. Mostrarme como soy. No esconder lo que admiro, lo que siento, lo que aprendí… ni lo que un día escondí. 

Donde el alma encuentra abrigo, las palabras florecen

Porque Bonanza no es solo una serie. Es un lugar al que regreso para recordar quién soy cuando el mundo me empuja a olvidarlo. Y Adam es una guía maravillosa para ello. 


¿Escribo o soy escrita?

 


Antes, tenía días en los que sentía que tenía el control de la historia, como si cada palabra saliera de mi voluntad, con paso firme y rumbo claro. 

Y, de repente, todo cambió.

Ha venido una etapa en los que las frases me dictan lo que tengo que sentir, en los que un personaje toma decisiones antes de que yo las imagine. En los que yo solo anoto lo que ya está ocurriendo. Como si alguien —o algo— me estuviera escribiendo a mí.

Porque esta historia no me está saliendo al paso. Me está atravesando. Y cuando eso pasa, no hay estructura, ni planificación, ni hoja de ruta que importe. Solo estoy yo… siendo escrita por algo que entiende más de mí, que yo misma.

Y lo curioso es que no me resisto. Me dejo llevar. Porque en el fondo… qué es escribir, si no escucharse desde dentro mientras una finge que es ficción...

Ya no soy la autora. 

Ya soy la página.

Así es como Eugene Logan nació: no cuando quise crearlo, sino cuando empezó a escribirme a mí. Cuando ese relato salió, Eugene llegó tocándome el hombro y diciendo: ahora me toca a mí. 

San Francisco como escenario… y como refugio


El próximo 1 de septiembre llegará la primera novela de la serie Eugene Logan. Una historia donde nadie es quien parece, y donde lo evidente no siempre es la verdad.

¿Por qué San Francisco? Porque alguien me dijo una vez: escribe sobre lo que sabes, lo que sientes, lo que vives. Y eso hago.

Conozco personas que han habitado los márgenes, todos o casi todos conocemos a personas así. Pero Eugene Logan no nace de eso. No es una historia que busca retratar lo oscuro, sino iluminar lo que puede redimirse.

Eugene Logan es una historia de redención. De decisiones. De fe. De esperanza. Es una historia de vida.

¿Y por qué San Francisco? Porque durante toda mi vida ha aparecido una y otra vez en series, en películas… Es mi modo de recorrer sus calles, aunque sea desde la palabra. De estar allí sin billete de avión. 

Porque a veces no se elige dónde escribir una historia. A veces la historia ya tiene su ciudad… y te invita a entrar.

Pronto podrás caminar por sus calles junto a Eugene Logan. El 1 de septiembre, la historia comienza, no desde la superficie, sino desde el abismo.

CHOCOLATE, MAGDALENAS Y ESA PAUSA QUE TAMBIÉN ESCRIBE

 


El otro día fui al supermercado con buena intención. Salí con chocolate, magdalenas, caramelos… y un pequeño remordimiento que se disolvió con el primer bocado. Lo llamo gasto tonto, porque así se le llama cuando compras cosas “que no necesitas”. Pero yo sí lo necesitaba. No por hambre, sino por tregua.

Escribir una novela, promocionarla, sostener a los personajes y al mismo tiempo no olvidarme de mí… requiere pausas. No solo las que dicta el reloj, sino esas que saben a infancia. A merienda. A calma.

Esas pausas no son capricho. Son parte del proceso.

Porque mientras el chocolate se derrite en la boca, la mente sigue trabajando. Mientras el azúcar abraza el cuerpo, la historia sigue encontrando su ritmo. Y eso también es escribir: saber cuándo parar sin dejar de avanzar.

Hoy lo entiendo mejor. A veces, un par de magdalenas también forman parte del manuscrito.

Felicidades a quienes nos llamamos Carmen



Hoy es mi santo, felicidades a todas las que también os llamáis Carmen. No voy a escribir, ni reflexionar, voy a descansar, le dejo el día a él. Hay días en los que la única verdad que necesito es su voz.


Donde el alma encuentra abrigo, las palabras florecen




Hoy, el blog no necesita explicación. Solo escucha. Felicidades a quienes hoy celebráis vuestro santo. 




Vacaciones en pausa

 


—Este año no tienes vacaciones, ¿no? —pregunta Eugene, de espaldas a mí, mirando por la ventana. La primera luz del amanecer ya asoma.

Anoche me acosté pasada la una; a las seis y media ya me encontraba en pie

—No sé lo que son vacaciones... pensé en tomarme unas este verano, pero entre las redes sociales, la novela, la casa y todo lo demás... no. Este año tampoco sabré lo que es eso.

—Si quieres, te doy unas pequeñas vacaciones —dice al girarse y cruzarse de brazos—. Solo para que respires un poco. Sé que haces mucho.

—No, gracias. Ya me las arreglo. Tener la mente ocupada a veces es lo único que mantiene el equilibrio. Haría muchas cosas, pero con 40, 45 grados... no puedo. No es tu culpa —le aclaro—. Fui yo quien no estaba bien cuando era el momento adecuado.

Él asiente con los ojos.

—Pero el año no ha terminado —me recuerda.

—No, no ha terminado —respondo, y dejo que mi voz descanse en esa posibilidad—. Si algo he aprendido este año, es que todo puede cambiar de un momento a otro. Tal vez, cuando menos lo espere, podré hacer lo que quiero. Por ahora, la novela me pide el cien. Y se lo voy a dar.

Eugene se acerca. Me pone una mano en el hombro.

—Yo también te daré todo lo que pueda. Esto lo hacemos entre los dos. 

Nota: Al final, Eugene y yo no somos tan diferentes: ambos vivimos para seguir caminando, a pesar de todo.

Antes solo mostraba a los personajes... ahora también lo que hay detrás

 

Durante mucho tiempo, escribía describiendo lo que los personajes hacían, veían, decidían. Contaba los hechos, las escenas… pero algo faltaba. Sentía que narraba desde una ventana, sin entrar del todo en la casa.

Hoy eso ha cambiado.

Ahora, cuando escribo, no me limito a contar la historia: la vivo con ellos. No narro lo que sienten; lo siento yo también. Y eso ha transformado mi manera de verlos. Ya no son “un policía” o “un juez”… ahora son lo que cargan, lo que han perdido, lo que han amado. Porque no es lo mismo un juez viudo que uno con nietos. No es lo mismo la soledad de Eugene Logan —que no tiene a nadie— que la preocupación íntima de un gobernador con un único hijo.

Y esos matices, que antes tal vez se me escapaban, hoy me parecen fundamentales.

Descubrí que, para contar una historia con alma, hay que entrar en ella. No desde fuera. Desde dentro. Eso es lo que lo cambia todo.

Y es es lo que intento en cada página de la novela de Eugene Logan: entrar en su mundo desde dentro y mostrar lo que el mundo no ve.

La carpeta Logan: donde guardo más que archivos

 


En la carpeta “Logan” no sólo está lo relacionado con el relato La redención de Eugene: imágenes promocionales, shorts, vídeos largos, texto publicado y los datos de su registro. También hay más cosas.

Cosas importantes para mí que, hoy, deseo compartir con vosotros.

En esa carpeta también están ya las imágenes promocionales para la novela que sale en septiembre, así como los shorts y los vídeos que he creado para su difusión, sin olvidar el texto que ya está casi terminado.

Más adelante contendrá también la información sobre la segunda novela que, os aviso, no estará situada en San Francisco, sino en Hawái.

Y sí, entre todo eso —entre borradores, estrategias promocionales y material visual— hay algo más.

Están las imágenes de Pernell Roberts.

No como adorno. No como nostalgia. Sino como presencia.

Porque fue su mirada, su voz, su forma de habitar los personajes lo que me enseñó que un relato no se construye sólo con técnica… sino con alma. Y quizá por eso, sin haberlo planeado, esas imágenes encontraron su sitio en esta carpeta. No están allí por azar. Están porque él también forma parte de esta historia, aunque nunca aparezca en la sinopsis.

Así que sí: en la carpeta “Logan” está todo lo que necesito para construir esta historia. Lo narrativo. Lo visual. Lo promocional. Y lo esencial.

Porque contar una historia también es saber a quién llevas contigo cuando la escribes. Donde el alma encuentra abrigo, las palabras florecen.



Ya no escribo para gustar. Escribo para ser.

 


Antes, cuando escribía otras historias, lo hacía buscando cosas que gustaran a los lectores, y evitaba mostrar mi ser. No solo mi rostro, no, eso no. Evitaba que se supiera lo que siento, lo que veo, lo que vivo. Evitaba que mis sentimientos se dejaran ver a través de las palabras, como si fuera un crimen mostrarse con dudas, con preocupación, con amor o con admiración hacia alguna persona.

Ahora ya no lo evito. Por dos motivos: Uno, soy quien soy. Y dos, solo siendo yo puedo entrar en la historia y darle mi punto de vista.

Si me muestro como creo que los demás me ven… Si digo o hago lo que otros quieren que diga o haga… ¿Entonces qué verdad muestro al mundo? La mía, no. Sería la verdad de otra persona. Pero no es otra persona quien vive mi vida. La estoy viviendo yo.

Entonces… tiene que ser mi visión.

Tiene que ser mi visón. La historia debe mostrar lo que yo veo y siento al ponerme en la piel de los personajes. Sus temores, sus deseos, su ambición o su amor. Y sí, en un thriller hay poco amor, pero el que hay es auténtico: el amor por la vida. 

Conversación entre series y escenas


 —Tienes que trabajar, ¿qué estás haciendo? Luego te darán las doce… —Eugene me observa, curioso, con esa expresión suya de quien no quiere interrumpir… pero quiere saber. 

 —Estoy viendo la serie de Trapper. Bueno, Trapper John, M.D. La adoro. —Le sonrío, con la pantalla de fondo y la mirada aún en la escena.

 —Esa serie… ¿es la de Pernell Roberts, no? —pregunta, sabiendo bien la respuesta. 

 —Sí. —No le miro, estoy disfrutando de la serie y descansando un poco de la trama de mi novela... la escena que tengo que escribir es demasiado fuerte. Hay que fingir un atentado contra un gobernador... no digo más que hago spoiler. 

 —Entonces elige —dice, divertido—: Bonanza o Trapper

 Le miro. Seria. Inamovible. 

 —Elijo a Pernell Roberts. 

Él ríe. Limpiamente, como tantas otras veces hace conmigo. Es una trampa. Y yo, como tantas otras veces, caigo con gusto. Pero no importa. Porque su risa es un alivio que lo suaviza todo. 

 Y cuando el alma descansa, todo… todo descansa también.

UNBOXING DE JULIO: ENTRE STICKERS, TIPP-EX Y TEJIDOS PARA EL ALMA

 


Hoy no hay reseña. Hoy no hay reflexión profunda. Hoy hay bolsa. Bolsa de Temu. Bolsa de esas que llegan como quien toca la puerta con los nudillos flojos, pero trae dentro cosas que cuentan mucho más de lo que parecen.

Llegó mi pedido. Y con él, una pequeña fiesta discreta —de las que no se anuncian, pero brillan igual—.

Un Tipp-Ex. Porque hasta las escritoras necesitamos borrar. No por error. A veces porque una palabra ya no duele, y entonces se merece irse.

Stickers. Para ponerle color a los días grises. O para marcar las páginas donde Eugene suspira. O donde Elizabeth (mi muñeca) levanta la ceja y dice "hasta aquí".

Ropa para Elizabeth (muñeca). Porque si alguien va a hablar en voz propia este mes, merece hacerlo vestida como quien tiene presencia. No porque sea vanidosa. Sino porque sabe que la palabra también tiene cuerpo.

Y mientras abría el paquete, sentí que este era mi pequeño regalo de onomástica. Porque sí, este año me felicité a mí misma. Y ahora, Temu se suma al gesto con cinta adhesiva y papel de burbujas.

Ah, y Manoli aprobó todo. Bueno, no tanto el ruido del paquete… pero sí el contenido. Especialmente los stickers. (O el plástico, no lo tengo claro).

LOGAN, PERNELL Y LAS FOTOS QUE REGRESAN

 


El otro día, sin previo aviso, las fotos de Pernell Roberts desaparecieron de mi ordenador. No estaban en la papelera. No estaban en otra carpeta. No estaban. Y con ellas, se me fue el aliento.

Porque no eran solo imágenes. Eran compañía. Eran memoria. Eran él.

Me crié en los años 80 viendo Bonanza y otras series que aún recuerdo con cariño, pero ninguna como esa. Ninguna como él. Adam Cartwright no fue un personaje más. Fue una presencia. Una mirada que me hablaba incluso cuando no entendía del todo lo que decía. Y con el tiempo, supe que no era solo Adam. Era Pernell. Y tuve la suerte de poder decirle lo que su personaje significó para mí. Eso me acompaña. Hoy. Siempre.

Cuando empecé a escribir la historia de Eugene Logan, Bonanza y Trapper John volvieron conmigo. Cada noche, dos capítulos. Como si me arroparan. Como si me recordaran que no estoy sola escribiendo esto. Porque no lo estoy.

Las fotos reaparecieron. No sé cómo. No sé por qué. Pero ahora están en la carpeta de la novela. Y quizás ese sea su sitio. Porque al fin y al cabo, él me acompaña cuando escribo. Y eso no lo borra ni la tecnología más caprichosa.

CUANDO LO QUE HACES EMPIEZA A ENSEÑARTE

 


Hay historias que escribes. Y hay historias que te escriben a ti. Desde que empecé esta novela, algo ha cambiado. No en la trama, ni en los personajes —eso también—, sino en mí. Siempre he sido sensible, sí. Pero esta historia me ha afilado los sentidos. Me ha abierto la piel y los ojos. Veo más, siento más… a veces incluso demasiado. Me asomo a cada personaje como si vivieran en la habitación de al lado. Algunos me reflejan. Otros me confrontan. Y en medio de eso, he dejado de esconder partes de mí que antes ni siquiera sabía que estaban calladas. Ahora, cuando escribo, ya no estoy detrás. Estoy dentro. 

Es cierto que, a menudo, dudo de mí misma, pero eso lo hacen todos mis personajes (bueno, casi todos) y lo hacemos todos los humanos. ¿Quién no ha dudado alguna vez a tomar una decisión? Eso mismo me pasa a mí, a veces. Sin embargo, en cuanto miro la novela, miro los ojos que dieron vida a Eugene Logan... la cosa cambia. No del todo, pero cambia hasta el extremo de hacerme volver, de introducirme en la trama y de seguir con ella. Septiembre se acerca, y entonces, todo esto que cuento, estará a vuestra disposición.

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