Durante mucho tiempo, escribía describiendo lo que los personajes hacían, veían, decidían. Contaba los hechos, las escenas… pero algo faltaba. Sentía que narraba desde una ventana, sin entrar del todo en la casa.
Hoy eso ha cambiado.
Ahora, cuando escribo, no me limito a contar la historia: la vivo con ellos. No narro lo que sienten; lo siento yo también. Y eso ha transformado mi manera de verlos. Ya no son “un policía” o “un juez”… ahora son lo que cargan, lo que han perdido, lo que han amado. Porque no es lo mismo un juez viudo que uno con nietos. No es lo mismo la soledad de Eugene Logan —que no tiene a nadie— que la preocupación íntima de un gobernador con un único hijo.
Y esos matices, que antes tal vez se me escapaban, hoy me parecen fundamentales.
Descubrí que, para contar una historia con alma, hay que entrar en ella. No desde fuera. Desde dentro. Eso es lo que lo cambia todo.
Y es es lo que intento en cada página de la novela de Eugene Logan: entrar en su mundo desde dentro y mostrar lo que el mundo no ve.
