El otro día fui al supermercado con buena intención. Salí con chocolate, magdalenas, caramelos… y un pequeño remordimiento que se disolvió con el primer bocado. Lo llamo gasto tonto, porque así se le llama cuando compras cosas “que no necesitas”. Pero yo sí lo necesitaba. No por hambre, sino por tregua.
Escribir una novela, promocionarla, sostener a los personajes y al mismo tiempo no olvidarme de mí… requiere pausas. No solo las que dicta el reloj, sino esas que saben a infancia. A merienda. A calma.
Esas pausas no son capricho. Son parte del proceso.
Porque mientras el chocolate se derrite en la boca, la mente sigue trabajando. Mientras el azúcar abraza el cuerpo, la historia sigue encontrando su ritmo. Y eso también es escribir: saber cuándo parar sin dejar de avanzar.
Hoy lo entiendo mejor. A veces, un par de magdalenas también forman parte del manuscrito.
