—Tienes que trabajar, ¿qué estás haciendo? Luego te darán las doce… —Eugene me observa, curioso, con esa expresión suya de quien no quiere interrumpir… pero quiere saber.
—Estoy viendo la serie de Trapper. Bueno, Trapper John, M.D. La adoro. —Le sonrío, con la pantalla de fondo y la mirada aún en la escena.
—Esa serie… ¿es la de Pernell Roberts, no? —pregunta, sabiendo bien la respuesta.
—Sí. —No le miro, estoy disfrutando de la serie y descansando un poco de la trama de mi novela... la escena que tengo que escribir es demasiado fuerte. Hay que fingir un atentado contra un gobernador... no digo más que hago spoiler.
—Entonces elige —dice, divertido—: Bonanza o Trapper.
Le miro. Seria. Inamovible.
—Elijo a Pernell Roberts.
Él ríe. Limpiamente, como tantas otras veces hace conmigo. Es una trampa. Y yo, como tantas otras veces, caigo con gusto. Pero no importa. Porque su risa es un alivio que lo suaviza todo.
Y cuando el alma descansa, todo… todo descansa también.
