Hay historias que se leen. Otras que se escriben. Y luego está Eugene… una historia en la que entras y ya no sales hasta el final.
Es una historia que atrapa, pero no por su trama, sino por su latido. Una historia que no se puede contar desde fuera: hay que vivirla para entenderla, sentirla para escribirla. No admite suposiciones. Exige verdad.
Con Eugene, tengo que medir cada palabra. No decir de más. Pero tampoco quedarme corta. Escribirlo es intentar atrapar su esencia, sin traicionarlo, sin suavizarlo. Reflejarlo tal como es: con sus luces y con sus ausencias. Y aunque sea una historia compleja, cuando termino un fragmento, siento que he trabajado con el alma abierta. Y eso, créeme, reconforta.
Es cierto que el relato que publiqué no llega a las capas más hondas de Eugene. Porque un relato siempre se queda en la orilla, en lo que apenas insinúa. Pero esta historia —la que vendrá— no permite rodeos. Te obliga a comprometerte. A mirar más allá. A decidir prioridades no solo como escritora, sino como persona.
Hoy, mi prioridad absoluta es él. No he olvidado mis otros proyectos, pero ahora mismo, nada es tan importante ni tan vital para mí como Eugene Logan.
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