Hay historias que escribes. Y hay historias que te escriben a ti. Desde que empecé esta novela, algo ha cambiado. No en la trama, ni en los personajes —eso también—, sino en mí. Siempre he sido sensible, sí. Pero esta historia me ha afilado los sentidos. Me ha abierto la piel y los ojos. Veo más, siento más… a veces incluso demasiado. Me asomo a cada personaje como si vivieran en la habitación de al lado. Algunos me reflejan. Otros me confrontan. Y en medio de eso, he dejado de esconder partes de mí que antes ni siquiera sabía que estaban calladas. Ahora, cuando escribo, ya no estoy detrás. Estoy dentro.
Es cierto que, a menudo, dudo de mí misma, pero eso lo hacen todos mis personajes (bueno, casi todos) y lo hacemos todos los humanos. ¿Quién no ha dudado alguna vez a tomar una decisión? Eso mismo me pasa a mí, a veces. Sin embargo, en cuanto miro la novela, miro los ojos que dieron vida a Eugene Logan... la cosa cambia. No del todo, pero cambia hasta el extremo de hacerme volver, de introducirme en la trama y de seguir con ella. Septiembre se acerca, y entonces, todo esto que cuento, estará a vuestra disposición.
