—No quiero pensar. Solo sé que después de esta novela, llegará la segunda. No sé si habrá más. Eso… lo dices tú —respondo, tomando un sorbo de café ya frío.
—Lo siento. No lo sé con certeza. Es posible que sí. Me temo que sí. Pero solo si tú estás preparada. Y quieres seguir —suspira. No presiona. Invita.
Le agradezco ese tono.
Sonrío, apenas. El cansancio me aprieta como una losa de mármol sobre los hombros. Lo observo. Si tiene más que contar, estoy dispuesta. A seguir. A escuchar. Sin reservas.
—Eugene… qué es eso que quieres decirme y no dices. Si he hecho algo mal… si algo no te convence… habla. De verdad. Confía.
—No es eso —niega con la cabeza, lento—. Solo que me gustaría que tuvieras tiempo. Tiempo para ti. Para algo que no fuera la casa o el trabajo. Un hobby. Un rato para ti sola, lejos de todos. Más allá de Bonanza o Trapper. Algo distinto. Algo tuyo.
—Eso necesita tiempo, Eugene. Y sabes que no lo tengo.
—Pero me tienes a mí —dice—. Déjame ayudarte. Quizás alguna de mis aficiones te sirva. Solo una vez por semana. El domingo. Por favor.
Me mira con súplica. Con tristeza, incluso. Y yo… yo no puedo verle así. No respondo. Solo asiento.
—Cuando quieras —le digo, al fin.
Él sonríe. Yo también. Quizás de esto salga algo. O quizás no. Pero por intentarlo… no se pierde nada.
Vosotros, qué aficiones tenéis? Me las contáis?
