Cuando se trabaja en una novela con tantos personajes, todos tan dispares, no es extraño preguntarse si lo que se está haciendo está bien o si algún personaje termina pareciéndose demasiado a otro. Es lógico: si sus valores son similares, el parecido es inevitable, en uno u otro sentido.
Sin embargo, al corregir y releer, se perciben que las diferencias más sutiles son, en realidad, las más profundas.
Por ejemplo, Guadalupe pasa de la confianza a la duda; es un torbellino y eso es comprensible (no haré spoilers, pero ya sabrán por qué). En cambio, Judy, más joven, capta las cosas con rapidez. Son personajes distintos.
Sostener la trama cuando todos estos mundos internos conviven es difícil. Sentir todo a la vez es abrumador, pero lo verdaderamente complicado no es entrar en el alma de los personajes, sino salir de ella. Sostengo a todos y no puedo escapar, porque no es solo una parte: hay más.
Este universo apenas ha abierto la puerta, y hay que adentrarse en él. Yo ya estoy dentro. Os invito a entrar: vosotros solo tenéis que leer.
