El otro día, sin previo aviso, las fotos de Pernell Roberts desaparecieron de mi ordenador. No estaban en la papelera. No estaban en otra carpeta. No estaban. Y con ellas, se me fue el aliento.
Porque no eran solo imágenes. Eran compañía. Eran memoria. Eran él.
Me crié en los años 80 viendo Bonanza y otras series que aún recuerdo con cariño, pero ninguna como esa. Ninguna como él. Adam Cartwright no fue un personaje más. Fue una presencia. Una mirada que me hablaba incluso cuando no entendía del todo lo que decía. Y con el tiempo, supe que no era solo Adam. Era Pernell. Y tuve la suerte de poder decirle lo que su personaje significó para mí. Eso me acompaña. Hoy. Siempre.
Cuando empecé a escribir la historia de Eugene Logan, Bonanza y Trapper John volvieron conmigo. Cada noche, dos capítulos. Como si me arroparan. Como si me recordaran que no estoy sola escribiendo esto. Porque no lo estoy.
Las fotos reaparecieron. No sé cómo. No sé por qué. Pero ahora están en la carpeta de la novela. Y quizás ese sea su sitio. Porque al fin y al cabo, él me acompaña cuando escribo. Y eso no lo borra ni la tecnología más caprichosa.